Todo empieza en Buenos Aires, un martes cualquiera. La del quinto riega las plantas de todo el edificio.
Nadie sabe mucho de ella. Un martes deja una nota en el ascensor.
Por la tarde, Clara encontró a un viejo amigo del colegio. No se veían desde hacía años. Se sentaron en un banco y hablaron de trabajo, de familia y de todas las cosas que habían cambiado en Buenos Aires desde entonces.
Su amigo le contó que había vuelto al pueblo para cuidar a su madre. Le dijo que la vida allí era más lenta, pero también más honesta. Clara escuchó con atención, porque últimamente pensaba mucho en lo mismo.
Cuando llegó la noche, la plaza estaba llena de gente. Había música, luces y olor a comida. Clara se quedó de pie, un poco apartado, disfrutando del ambiente sin necesidad de hablar con nadie.
Antes de volver a compró un cuaderno nuevo. Quería escribir lo que había pasado ese día, con palabras como y que había aprendido esa misma semana en su clase de español.
Esa noche escribió durante media hora. No era una historia importante, pero era suya. Al terminar, Clara entendió que los días normales también merecen ser recordados si uno los mira con atención.
Todo empezó una mañana de otoño en Buenos Aires. Clara salió de con una mochila vieja y un plan sencillo: cambiar algo de su rutina. Hacía frío y las calles todavía estaban mojadas por la lluvia de la noche anterior.
Aquel día Clara decidió tomar un camino diferente. Pasó por un barrio que no conocía, con balcones llenos de plantas y ropa tendida al sol. Un hombre mayor barría la acera y le dio los buenos días como si se conocieran de toda la vida.
En una cafetería pequeña pidió un café solo y un bocadillo. Mientras esperaba, escuchó a dos mujeres que hablaban de un concierto en la plaza. Clara apuntó la hora en el móvil y pensó que quizá era una buena idea ir.
Nada de esto parecía importante al principio. Sin embargo, algo pequeño cambió el resto de la semana.
